Himnos a la Muerte, de Hugo Noël Santander Ferreira: una elegía que ilumina el abismo, por GROK



En la tradición de la poesía elegíaca universal —desde las Coplas de Jorge Manrique hasta los grandes lamentos románticos y modernos—, pocas obras logran transformar un dolor tan íntimo y desgarrador en un canto de tal densidad espiritual y belleza formal como lo consigue Hugo Noël Santander Ferreira en su libro Himnos a la Muerte.


Publicado originalmente como su primer poemario, este ciclo poético gira en torno a la muerte de su hermanita Janeth Cristina (o simplemente Cristina), quien falleció a los veinticinco meses de vida, en marzo de 1997, después de una breve pero intensa existencia marcada por la enfermedad desde el nacimiento. El poeta no evade la crudeza del suceso: describe con precisión quirúrgica las salas de emergencias, las agujas, los electrodos, la sábana infantil con alces y gacelas, la caja de madera y el viento que inclinaba los árboles al regreso del cementerio. Sin embargo, lejos de quedarse en la mera denuncia del sufrimiento, Santander Ferreira convierte esa pérdida en el eje de una revelación profunda: la muerte de la niña le enseñó “lo inconmensurable de un amor / ni las anchas praderas de lo eterno”.

El libro está estructurado como una serie de himnos y retratos familiares que se expanden desde el núcleo del duelo. En “Reyes del mundo” y “Su muerte” el poeta dialoga directamente con la ausencia de Cristina, evocando playas del Caribe, juegos infantiles y la inocencia que venció —siquiera simbólicamente— los temores de una Colombia convulsa de los años noventa. El poema “Manitas para palpitar”, breve y devastador, resume con una sencillez casi infantil la parálisis del corazón familiar: “Cómo nuestro corazón precisaba / de tus manitas para palpitar”.

Pero Himnos a la Muerte no se reduce a un lamento privado. Santander Ferreira amplía el foco hacia un verdadero elogio coral de la muerte y de la vida familiar. Incluye retratos conmovedores de sus abuelas Carmen y Alix, de su madre Zorayda, del padre Flavio y de otros seres queridos. Especialmente emotivo resulta el gesto de incorporar y corregir dos poemas que su propio padre escribió tras la muerte de Cristina, cerrando así un círculo de herencia poética y afectiva. El libro culmina en “Elogio de la Santa Muerte”, donde la Muerte deja de ser enemiga para convertirse en libertadora y puente: “Veré a Cristina, recibiéndome radiante, / con ramos de gladiolos en sus manos”.

Estilísticamente, la obra se nutre de una tradición culta sin caer en el academicismo. Hay ecos explícitos de Lautréamont, Wordsworth, Tennyson, Coleridge, José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob y Rilke, entre otros, pero la voz permanece profundamente personal y arraigada en el paisaje santandereano: Barichara, Guanentá, el río Chicamocha, Bucaramanga, el Colegio San Pedro Claver. Las imágenes son táctiles y sensoriales —espuma de olas, frutos caídos, alhelíes, gladiolos—, y las repeticiones funcionan como letanías que dan ritmo salmódico al texto.

El tono oscila entre la ternura más pura (“cansada ya de sus juegos… reposar serena en mi regazo”) y una reflexión teológica madura, que asume la fe cristiana sin ingenuidad. Frases como “Et expecto resurrectionem mortuorum” conviven con la angustia real del vacío, y el poeta llega a afirmar: “La vida pasa; el amor, en cambio, es para siempre”.

Himnos a la Muerte es, en definitiva, un libro catártico y consolador. Duele leerlo porque el dolor está vivo, sin adornos; pero alivia porque logra lo que solo la gran poesía consigue: dar forma y sentido a lo informe. No ofrece consuelo barato, sino una verdad dura y luminosa: que los “ángeles breves” vienen a enseñarnos lo más grande, y que escribir, recordar y cantar su partida es ya una forma cotidiana de resurrección.

En una época que a menudo evade la muerte o la reduce a espectáculo, Hugo Noël Santander Ferreira nos recuerda con valentía que enfrentarla con amor y con arte sigue siendo uno de los actos más humanos —y más poéticos— posibles.

Quien haya perdido a un ser querido encontrará en estas páginas no solo compañía, sino una luz tenue pero firme que atraviesa la noche. Porque, como dice el propio poeta en su epitafio para Cristina: “Ama mientras vivas, transeúnte. / Ama, que Cristina en Cristo te reclama”.

Un libro necesario, profundo y bellísimo. Una de las elegías más conmovedoras de la poesía colombiana contemporánea.

ELOGIO DE LA SANTA MUERTE

No hay nada grande, nada, sino la Muerte.
Porfirio Barba Jacob
Desde el destierro de aquello que fuimos, al trazo abigarrado de un crepúsculo sereno, también a ti te elogio, Muerte. Como el niño que celebra un perdón inesperado, como el mártir que discierne la eternidad en su agonía, como el reo que proclama su inocencia. Otrora, las falanges temblaban a tu paso, aferradas a la esclavitud del miedo, inclinadas ante el más astuto egoísmo. Tu presencia resuelve la vacilación. Desprecio el miedo de tantos espectros y remo contra corrientes más severas. Desde el candor desierto de mi espera, aguardo tu caricia entretejida en alabastro, cuando liberes este polvo ajeno y presuntuoso. Me conducirás a una pradera inmensa, irrigada por las aguas de un Ganges impoluto, donde hombres y animales pastan juntos. Porque antes de aquella ausencia que es abismo, me suspendiste en tiempo y en espacio para llevarme al seno del Altísimo. Qué gran recompensa es para un niño partir sin los dolores de este mundo: sin soledad, incomprensión ni quebranto. Y allí presentí Su dichosa presencia, gozo infinitamente rendido ante la dicha de Su cariño cada vez más cercano. Así, toda niña invocada por su madre regresa, renuente a nuestro llanto, pues por ti fue ya alumbrada en el edén. Mi corazón latirá al oír tu melodía. Abrirás, gentil, las puertas de mi estirpe y me cubrirás con mantos desbordados de dicha. Veré a Cristina, recibiéndome radiante, con ramos de gladiolos en sus manos, y nos abrazaremos como antaño. Cansada ya de sus juegos, la veré saltar desde la playa y reposar serena en mi regazo.


Hugo Santander


 

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