Al leerte fraguaste esta arena en la verdad
A los diez años, rasgando una guitarra, gané la mayor lotería de mi vida, cuyo premio fue el Nuevo Testamento, traducción de la Nueva Jerusalén. Y desde mi infancia, Tú, crucificado en ese abrazo que relega al fuego todos los menosprecios del mundo, perdón de los pecados más secretos. O castigo para aquellos que predican que este mundo fue entregado al mal. Lo revelo: Tu cruz es condena o purga, según las ascuas de cada corazón. Fue en el año del deceso de mi hermana que allí leí que, al morir, tu Reino aguarda: sus caricias en mí habitan tanto como Tus parábolas, Tu Sermón de la Montaña. Al leerte fraguaste esta arena en la verdad, revelándome las intenciones de los hombres desde las verdes lajas de Escocia hasta las colinas ardientes de Nevada. Niño soñaba en venerarte en cada misa. «No conoces el mundo», me dijeron, y agoté uno a uno sus tesoros, desenmascarando su banalidad. En los antiquísimos reinos de Asia hiciste de mí palabra testimonio de la invencibilidad del amor y la verda...