Yo acuso - Rey de Reyes
¿Vienes a ver si pierdo la razón,
o a denigrar la gracia que es mi hado?
Te has enfrentado a quien no miente,
umbral del templo de quien no es herido.
Las Águilas anunciaron mi paso,
y oí la voz del capitán nocturno:
«Todos entran al umbral del destino,
mas nadie escapa al sello de tu entorno».
Salvé inocentes del abismo oscuro,
mientras hacíais del crimen espectáculo;
la muerte ajena os servía de fiesta,
y el mal vestíais con brillo de oráculo.
Hoy os señalo, no en sombra difusa,
sino en la trama concreta del daño:
redes, contratos, palabras torcidas,
alianzas urdidas con cálculo extraño.
Vuestros maestros violaron mi esmero,
me desplazaron de mi aula y verbo;
e incendiaron las torres con su ofensa,
desquicio inscrito en el pulso del tiempo.
Dios ardería vuestro hogar indigno,
mas intercedí por mis cercanos;
a quienes aún consideraba amigos
suspendí el fuego de sus manos.
Grandes son vuestras letras y memoria:
Poe, Whitman, la escena de O’Neill;
pero por celo torcisteis la raíz
y al enviado de Dios quisisteis herir.
En Londres, bajo lujo vigilante,
escribí contra el poder disfrazado;
sellasteis muerte en cifra y calendario,
mas fui guardado por ángel y hado.
Ungí al testigo que carga mi aliento
para juzgar lo vivo y lo caído;
y en templos donde fingís doctrina
corregí el error por años sostenido.
Mas obedeciendo Faraón de piedra
ignoraste vuestra ley y mi palabra;
servicio secreto de una máscara
que al justo pretende cerrar garganta.
Alterasteis votos, vendisteis lealtades,
traicionando el legado americano;
y elegisteis extranjeros pícaros
exiliando al probo por Dios enviado.
Os influían iglesias y sombras
y el prejuicio por la jungla, origen
que justificó vuestra emboscada
contra el justo que alteraría el orden.
Cerrasteis voz, alterasteis textos,
torcisteis signo y sentido primero,
temiendo que al morir quien anunciaba
el mundo viera lo que era verdadero.
Cuatro intentos quebraron su filo:
la mano alzada cayó en su caída;
y en feria y noche buscasteis su cuerpo,
mas la tormenta partió vuestra herida.
Diluvio y viento sellaron su réplica,
huracanes fueron mi defensa;
y el mar por palabra encendida
se volvió ruina contra vuestra costa.
Por un tiempo callasteis el acecho,
mas nuevas trampas brotaron en sombra;
y en tierra extraña su voz fue acogida
como verdad que no se desmorona.
De vuelta en casa pedisteis su sangre,
creyendo ajena la ley que dictasteis;
mas vuestra orden reincidió en vosotros
óbolo preciso de lo que sembrasteis.
Os insto a anunciar lo que negasteis
y reparar el daño cometido;
no hay poder que sostenga vuestra trama
ante el peso de lo aquí descrito.
He recorrido la extensión del mundo,
de Asia al límite occidental de Europa;
y en esa marcha guardé lo que es justo
perdonando lo que el mal convoca.
Como Caín levantasteis la mano,
torciendo el vínculo de Dios y hombre;
mas quien hace de la cruz su signo
es protegido de quien mal impone.
El ángel troca todo lo siniestro
en verdad que seca lo inmaduro;
lo que arrebatáis retornad en justicia,
ya cae la máscara por su conjuro.
Difundid ya el decreto pronunciado,
escuchad el llamado más antiguo:
esta es la hora de vuestra penitencia,
obedeced o asumid vuestro destino.
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