Condena de Petrus contra Petro
Yo, Juez de vivos y muertos, vi tu ira.
En Bogotá me heriste con injurias,
porque mostré la máscara que usabas:
“Mejor Alcalde” de una sede espuria.
Enviaste a Natasha, voz aduladora,
y a un cubano de sufrir fingido;
clamaban por los fondos desviados.
Yo vi la farsa y la ignoré en mi camino.
Las pruebas revelaban tus manejos
con Santos en caudales extranjeros.
Mi documental os expuso en Londres;
Crimen e Impunidad alzó su llama.
Con Vélez conspiraste en la penumbra,
y heriste mi arte antes de aceptarlo;
al salir ordenaste darme muerte.
Mas Dios cerró la mano de la noche.
Partí en un taxi, en brazos de mis fieles;
sus voces me cubrían como escudo.
“Renuncia a tu destino”, vociferaste;
yo oía tan solo el pulso de lo eterno.
Mandaste luego al falso admirador
que vino a convidarme con veneno.
Le hablé de Dios; se rió de mi palabra;
probó matarme, y prevalecí ileso.
Ordenaste el silencio de los medios,
y en gremios me llamaste tu enemigo.
Seis veces en la calle fui seguido
por subvencionados, tus milicias.
Fui yo quien denunció tu red al CTI,
y Dios me dio poder contra tu reino:
“Hay que recuperar a Bogotá”, triné;
tu propio campo asimiló mi voz.
Cayó tu fuerza bajo el voto libre;
mis letras te vencieron sin espada.
Sin honra, desataste la violencia
y diste la nación a los impíos.
Vi niñas bajo balas, y en ceniza
a hombres que juraron protegerlas.
Callé por honra al gremio de los míos,
también herido por soberbias ciencias.
Con promesas torciste voluntades
para borrar mi obra en Bucaramanga.
Me diste muerte en sorbo envenenado;
la noche, en vez de herirme, me salvó.
Las sombras me reconocieron justo
y juraron pesar sobre tus manos.
Seguí invisible, firme en mis designios.
En FILBO alzó tu enviado otra sentencia:
mi mascota caería por tu acecho;
ese mismo día tu esbirro fue abatido.
triné que quien me atacaba sufriría,
y tu mascota abandonó tu mundo.
Con conjuros, del ojo de los cielos
te ocultaste, y machetes me enviaste,
matones que esquivé en la Caracas.
Así empleabas al crimen contra el justo.
Predicas que la sangre es sacrificio
y pides lo que a Dios jamás se exige.
Tres veces me nombraste, y tembló el suelo;
tres veces resonó tu propio juicio.
El Señor me ha mandado pronunciarlo:
tu tiempo no alcanzará su término.
Mi decreto y mi condena hoy te escribo:
tus demonios y santos te abandonan.
Te di ocasión de paz; no la escuchaste.
Tu nombre caerá ante los pueblos;
tus obras quedarán desnudas todas;
tus voces se quebrarán en confusión.
Cielo y abismo inclinan su balanza;
la justicia no duerme tras mi paso.
Y tu maldad, sin tregua ni memoria,
será ceniza leve ante la llama.
REY DE REYES, El Regreso de Jesús Resucitado
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