PRÓLOGO - LA FORMA VISIBLE DE LA PODREDUMBRE
La Corrupción de Kennedy, de Hugo Noël Santander Ferreira, es una obra que intercepta al lector, lo atrapa, lo cuestiona, lo acusa y, si acaso, lo libera. Desde sus primeras páginas instala una incomodidad productiva que distingue al teatro necesario del que solo entretiene.
La acción transcurre en Vidriovencol Limitada, una empresa de vidrios y aluminios en Bucaramanga. La elección no es casual: donde la transparencia es el producto, la opacidad es la práctica diaria. Santander Ferreira convierte esa contradicción en principio dramatúrgico. Los personajes fabrican superficies que permiten ver a través, mientras construyen sus vidas sobre el ocultamiento sistemático. La luz frontal que elimina sombras, los paneles translúcidos y la exactitud geométrica del escenario no son mero decorado: son una proposición escénica sobre la visibilidad como forma de violencia.
En este microcosmos convergen las tensiones de clase, el interés económico y la degradación ética de una sociedad donde la corrupción ha dejado de ser anomalía para convertirse en norma, en lenguaje y en condición de existencia.
Marino es, sin duda, uno de los grandes logros de la obra: un cínico coherente que ha elevado la corrupción a filosofía. No engaña por debilidad, sino porque cree genuinamente que el engaño es el principio que organiza el mundo. Porcia Bolaños encarna la hipocresía de una élite que se victimiza mientras negocia con los mecanismos que la sostienen. Humberto y Aminta habitan la zona gris más dolorosa: la de quienes ceden poco a poco, hasta olvidar cuándo dejaron de resistir. Y Kennedy, el corazón trágico de la pieza, es el joven que no logra aprender la gramática de la simulación. Su sensibilidad y su búsqueda de coherencia lo vuelven incompatible con el sistema. No es destruido por sus vicios, sino por sus virtudes mal encauzadas.
Uno de los mayores méritos de Santander Ferreira es mostrar cómo la corrupción invade el lenguaje mismo. Las palabras dejan de nombrar para encubrir; el discurso legal, político y familiar se contamina hasta volverse indistinguible de la manipulación. Los momentos líricos —poemas, baladas, monólogos en verso— no suavizan la crudeza: introducen una distancia crítica que obliga al lector a pensar mientras siente.
La obra dialoga con Shakespeare, Brecht y Miller, pero posee una voz propia profundamente colombiana. No narra la caída de un individuo, sino la exposición de un sistema en el que todos participamos. Aquí la hybris es colectiva y el castigo no redime: se distribuye.
La Corrupción de Kennedy no ofrece consuelo ni respuestas fáciles. Plantea una pregunta incómoda y radical: ¿es posible sustraerse a un orden social donde la corrupción es el principio organizador de la vida colectiva? Su dramaturgia sugiere que la implicación es casi inevitable.
El vidrio roto con el que culmina la obra no es solo una imagen potente: es una proposición filosófica. Lo que debía permitir ver con claridad se fractura en pedazos. La transparencia, como promesa, se revela ilusoria; su costo, humano.
Este no es un teatro que complazca. Es un teatro que exige. Lean esta obra sin buscar héroes ni redenciones. Permítanse la incomodidad. Permítanse sospechar que los personajes que habitan estas páginas no les son del todo ajenos. Porque solo enfrentando sin anestesia la forma visible de nuestra propia corrupción podremos, algún día, aspirar a algo distinto.
Leyla Margarita Tobías Buelvas
Sincelejo, 10 de abril de 2026
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