El colapso simultáneo Uribe y Petro – 1/4. La derecha que la izquierda inventó: el verdadero Álvaro Uribe

El triunfo de Abelardo de la Espriella en 2026 obliga a revisar con mayor serenidad la figura de Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro. Durante casi un cuarto de siglo, la política colombiana giró alrededor de dos polos aparentemente opuestos: el petrismo y el uribismo. Sin embargo, el desenlace electoral terminó mostrando que ambos proyectos agotaron simultáneamente su capacidad de representar a una mayoría nacional. No solo fracasó el proyecto de Gustavo Petro y de su heredero político, Iván Cepeda; también colapsó el liderazgo construido alrededor de Uribe. Paradójicamente, quienes durante años se presentaron como enemigos terminaron desapareciendo casi al mismo tiempo del centro del escenario político.

Peto y Uribe, unidos por su bien

La imagen recuerda la célebre fábula del escorpión y el sapo, popularizada por Orson Welles en Mr. Arkadin (1955). En ella, un escorpión pide a un sapo que lo transporte sobre su espalda para cruzar un río. El sapo se niega, convencido de que será picado durante el trayecto. El escorpión lo persuade apelando a la lógica: si lo picara, ambos morirían ahogados. Convencido por el argumento, el sapo acepta. Sin embargo, cuando ya se encuentran en medio del río, el escorpión lo hiere con su aguijón. Mientras ambos comienzan a hundirse, el sapo le pregunta por qué ha actuado de un modo tan irracional. La respuesta del escorpión resume toda la historia: «No puedo evitarlo; está en mi naturaleza». Sea o no una creación original de Welles —como sostiene Gilles Deleuze—, la fábula ilustra perfectamente cómo ciertos proyectos políticos terminan destruyéndose por obedecer a impulsos inscritos en su propia lógica interna. Algo semejante ocurrió con el uribismo y el petrismo: ambos acabaron debilitándose por decisiones que respondían precisamente a los rasgos que habían definido su identidad en términos de batalla ideológica.

Una explicación particularmente sugestiva de este fenómeno ha sido formulada por María Fernanda Cabal. Según ella, Álvaro Uribe nunca representó realmente la derecha que la izquierda proyectaba sobre él. Sus adversarios construyeron durante años la imagen de un dirigente ultraconservador, casi reaccionario, cuando en realidad su trayectoria política revela la de un gobernante profundamente pragmático, con importantes componentes socialdemócratas en materia económica y social. Buena parte de las críticas dirigidas contra él combatían, por tanto, una caricatura antes que a la persona real.

Ya desde su juventud podían encontrarse indicios de esa inclinación. Fue novio de Clara López, quien más tarde desarrollaría una larga trayectoria dentro de la izquierda colombiana. Mientras ella mantuvo una línea ideológica relativamente consistente a lo largo de su vida pública, Uribe optó por construir alianzas mucho más amplias. Su objetivo nunca fue representar una derecha doctrinaria, sino formar mayorías políticas que le permitieran gobernar. Primero lo intentó desde el Partido Liberal y posteriormente mediante la creación de su propio movimiento.

Esa misma orientación se reflejó una vez llegó a la Presidencia. Programas como Familias en Acción ampliaron significativamente la presencia del Estado en la política social mediante subsidios directos destinados a los sectores más vulnerables. Sus defensores sostienen que estas iniciativas contribuyeron a disminuir la pobreza y a restarle atractivo a los discursos revolucionarios que, por entonces, impulsaban dirigentes como Hugo Chávez desde Venezuela. Sus críticos, por el contrario, consideran que tales programas terminaron aceptando parte de la lógica asistencialista característica de la izquierda, privilegiando la transferencia permanente de recursos sobre la creación de condiciones para una autonomía económica duradera.

Desde esa perspectiva, Uribe intentó responder al auge del populismo utilizando parcialmente algunas de sus propias herramientas. En lugar de combatir el principio según el cual el Estado debía convertirse en el gran distribuidor de bienestar, aceptó buena parte de ese paradigma, limitándose a administrarlo con mayor eficacia. La apuesta produjo resultados políticos inmediatos: neutralizó parte del atractivo electoral de la izquierda y amplió considerablemente su base de apoyo popular. Sin embargo, también desplazó el debate hacia un terreno ideológico donde sus adversarios se movían con mayor comodidad.

Reducir el uribismo exclusivamente a ese componente asistencialista, sin embargo, sería desconocer el verdadero origen de su legitimidad. Lo que convirtió a Álvaro Uribe en una figura excepcional de la política colombiana no fueron sus programas sociales, sino la recuperación del control territorial del Estado. Entre 2002 y 2010 concentró sus esfuerzos en debilitar militarmente a las FARC y a otras organizaciones armadas ilegales. Independientemente de los juicios históricos que puedan formularse sobre su gobierno, resulta difícil negar que durante esos años disminuyeron de manera significativa los secuestros, las llamadas "pescas milagrosas" y numerosas formas de violencia que durante décadas condicionaron la vida cotidiana de millones de colombianos.

Esa fue, precisamente, la paradoja del uribismo. El movimiento alcanzó su mayor fortaleza política gracias a una agenda de seguridad y autoridad del Estado, pero simultáneamente fue incorporando políticas sociales y económicas que lo alejaban de la imagen de una derecha clásica. La izquierda terminó viendo en Uribe un dirigente mucho más conservador de lo que realmente era, mientras una parte de sus propios seguidores esperaba de él una definición ideológica mucho más clara de la que estuvo dispuesto a ofrecer. Allí comenzó, silenciosamente, la contradicción que años después desembocaría en el agotamiento de un proyecto político que durante mucho tiempo pareció invencible.


Ensayo de ENTRE DIESTRA Y SINIESTRA.

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