El colapso simultáneo Uribe y Petro– 3. La batalla cultural que el uribismo nunca dio

La batalla cultural que el uribismo nunca dio

Las derrotas políticas rara vez se explican únicamente por los resultados económicos, las reformas legales o los éxitos militares. Existe otro terreno, mucho menos visible, donde también se decide el futuro de un gobierno: la cultura. Allí se forman las percepciones colectivas, se construyen los relatos históricos y se consolidan las imágenes que terminarán sobreviviendo a los propios protagonistas. A mi juicio, ese fue el escenario que el uribismo nunca comprendió plenamente y donde comenzó a perder, mucho antes de abandonar el poder, la batalla por la memoria histórica.

Mientras Álvaro Uribe concentraba buena parte de sus esfuerzos en la recuperación de la seguridad y en el fortalecimiento institucional, las universidades, el cine, el teatro, la literatura y buena parte de las instituciones culturales permanecían bajo la influencia de sectores intelectuales dogmáticamente críticos de su gobierno. El uribismo parecía considerar que aquellos espacios tenían una importancia secundaria frente a los problemas de orden público o de crecimiento económico. Fue un error estratégico de enormes proporciones.

Lo viví personalmente. En 2005 regresé de Inglaterra para participar como jurado del Ministerio de Cultura en las convocatorias nacionales de cine. Durante aquellas sesiones descubrí que, incluso dentro de instituciones financiadas por el propio Estado, predominaba un ambiente marcadamente hostil hacia el gobierno de Uribe. Las conversaciones partían con frecuencia de la premisa de que el presidente era responsable de toda clase de abusos, mientras apenas se reconocían los profundos cambios que el país experimentaba en materia de seguridad.

Recuerdo particularmente una conversación. Algunos colegas me preguntaron qué opinaba de las supuestas matanzas atribuidas al gobierno. Respondí con sinceridad que desconocía los hechos concretos a los que hacían referencia, pero añadí algo que sí podía afirmar desde mi experiencia personal: después de muchos años, los colombianos volvían a recorrer numerosas carreteras sin el temor permanente a las "pescas milagrosas", a los secuestros y a las extorsiones que habían convertido los viajes por el país en una actividad de alto riesgo. La reacción fue de abierta incomodidad. Aquella respuesta rompía el consenso ideológico dominante en ese ambiente.

Lo que más me sorprendió no fue encontrar opiniones contrarias al gobierno —perfectamente legítimas dentro de una democracia—, sino comprobar que muchas de ellas procedían de personas que trabajaban precisamente en instituciones sostenidas por el Estado gobernado por Uribe. El gobierno garantizaba la libertad de crítica, pero parecía ignorar que la cultura constituye uno de los principales escenarios donde se construye la legitimidad política de largo plazo.

Mientras el uribismo obtenía victorias militares y electorales, buena parte del mundo intelectual producía novelas, películas, investigaciones, documentales, obras teatrales y ensayos que consolidaban una interpretación profundamente crítica de ese mismo periodo histórico. No existía un esfuerzo comparable por disputar ese relato desde el ámbito de las ideas. La batalla cultural simplemente no se libró.

Esta situación respondía, en mi opinión, a un prejuicio frecuente dentro de ciertos sectores conservadores: considerar que el verdadero progreso depende exclusivamente de la economía, de la empresa, de la infraestructura o de la seguridad, mientras las humanidades ocupan un lugar marginal. Esa visión olvida que las grandes transformaciones históricas nunca se sostienen únicamente mediante cifras económicas o victorias militares. Necesitan también filósofos, escritores, artistas, historiadores, profesores y cineastas capaces de explicar, interpretar y transmitir esas transformaciones a las generaciones futuras.

No es casual que los grandes movimientos políticos del siglo XX hayan concedido enorme importancia a la producción cultural. Comprendieron que quien domina el relato histórico termina influyendo también sobre la política del presente. El uribismo, por el contrario, pareció confiar en que sus resultados hablarían por sí solos. No advirtió que los hechos necesitan siempre una interpretación y que esa interpretación suele construirse en las universidades, en los libros, en el cine y en los medios culturales mucho antes que en los discursos oficiales.

Cuando finalmente el desgaste político abrió las puertas al ascenso de Gustavo Petro, buena parte de esa narrativa ya estaba consolidada. Paradójicamente, el petrismo tampoco logró conservar el respaldo obtenido en las urnas. Su paso por el gobierno mostró las limitaciones de un proyecto que había sido extraordinariamente eficaz como oposición, pero mucho menos convincente en la administración del Estado. De ese modo, los dos grandes movimientos que dominaron la política colombiana durante casi veinticinco años terminaron agotándose casi al mismo tiempo.

La caída simultánea del uribismo y del petrismo constituye, por ello, mucho más que un cambio de gobierno. Marca el final de una etapa de la vida política nacional. Uno perdió progresivamente su identidad buscando conciliar con quienes nunca terminaron de aceptarlo; el otro no consiguió transformar en gestión las expectativas que había despertado. Ambos quedaron atrapados en las contradicciones de sus propios proyectos.

Colombia inicia ahora un nuevo ciclo político. El desafío para el gobierno de Abelardo de la Espriella no consistirá únicamente en corregir los errores económicos o institucionales de sus predecesores. También deberá comprender que ninguna transformación social será duradera si renuncia a participar en el terreno donde finalmente se decide la memoria de una nación: el de la cultura, la educación y las ideas. Allí se libran las batallas que continúan mucho después de terminadas las campañas electorales y de concluidos los gobiernos.

Ensayo de Entre Diestra y Siniestra.

Entre Diestra y Siniestra







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