"Libertad o muerte" - ensayo final de Entre la Izquierda y la Derecha
Se me ha reprochado, y no sin cierta malicia, que el primer volumen de mis ensayos políticos Entre Diestra y Siniestra dirije sus críticas principalmente contra la izquierda colombiana. Quienes así opinan parecen olvidar dos ensayos incluidos en sus páginas: "Colombia, violencia y menosprecio" y "La revolución del huevo". El primero fue escrito durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez; el segundo, bajo la presidencia de Iván Duque. En ambos cuestioné decisiones de administraciones que hoy suelen identificarse con la derecha colombiana. No esperé a que abandonaran el poder para escribir contra ellas, ni modulé mis opiniones según el color del gobierno de turno. La independencia intelectual no consiste en escoger un adversario permanente, sino en conservar la libertad de disentir cuando las propias convicciones lo exigen.
Sin embargo, algunos lectores parecen creer que la independencia obliga a distribuir las críticas en proporciones idénticas, como si la honestidad intelectual dependiera de una contabilidad ideológica. Nada más absurdo. La imparcialidad no consiste en repartir censuras por cuotas, sino en juzgar cada hecho según su gravedad y cada experiencia según la verdad que encierra.
Precisamente por eso este libro termina siendo más severo con la izquierda militante colombiana; sus adversarios no son irreprochables, y sería ingenuo asumir una derecha perfectamente virtuosa e incapaz de abusos. Pero todos los episodios de persecución, censura, exclusión y destrucción moral que he sufrido a lo largo de mi vida provinieron de ese mismo sector político. Lo mío no es una conclusión ideológica; es un hecho biográfico que he soportado en silencio durante décadas.
Mi verdadera posición aparece anunciada desde el epígrafe de Maquiavelo que abre dicho libro: «Procure, pues, un príncipe vencer y conservar el Estado; los medios serán siempre juzgados honrosos y alabados por todos…». Aquella frase, escrita por el florentino como una descripción del ejercicio del poder, ha terminado convirtiéndose, entre buena parte de la izquierda colombiana, en una práctica cotidiana. Todas las formas de lucha: la propaganda, el chantaje emocional, la estigmatización pública, el sabotaje profesional, la brujería, el silencio organizado y, cuando resulta necesario, la intimidación e incluso el asesinato. El fin termina justificando cualquier medio.
Viví y trabajé durante años en distintos países. Enseñé, estudié, viajé y conocí sociedades donde el mérito todavía abría algunas puertas. Como millones de colombianos, pude haber permanecido en el exterior y construir allí una vida más cómoda. Se ha repetido incluso que el conocimiento constituye hoy una suerte de «oro blanco» que permite prosperar lejos del país. Yo escogí regresar. Volví sin fortuna, sin padrinos políticos y sin otro capital que mis libros, mi experiencia y el deseo de hacer teatro, escribir y enseñar en Colombia.
No encontré un país dispuesto a debatir ideas. Encontré un ambiente donde la independencia resultaba sospechosa y donde el artista que se negaba a militar terminaba siendo más incómodo que aquel que aceptaba disciplinarse.
Durante el gobierno de Gustavo Petro sufrí atentados contra mi vida. No utilizo la expresión como metáfora ni recurro al cómodo lenguaje de la «violencia simbólica». Hablo de amenazas concretas y de la convicción cotidiana de que la frontera entre el debate intelectual y la agresión física podía desaparecer en cualquier momento.
En una reunión social a la que, pese a todo, fui invitado, un documentalista se acercó para decirme, con una mezcla de sorpresa y resentimiento:
—Usted está aquí, a pesar de que muchos habíamos decidido no invitarlo.
Aquella frase resumía una concepción completa de la cultura. No bastaba con disentir de mis opiniones; era necesario impedir mi presencia. El objetivo ya no consistía en responder argumentos, sino en expulsar al discrepante del espacio común.
Más tarde supe que, en aquellas mismas reuniones donde se discutía mi nombre, algunas mujeres habían salido en mi defensa. Decían que yo era una buena persona, que jamás había actuado por egoísmo ni con ánimo de perjudicar a nadie. Ese gesto me conmovió. Demostraba que incluso dentro de una militancia rígida sobrevivían conciencias capaces de distinguir entre un adversario y un enemigo, pero demostraba también la existencia de aquellos juicios informales donde se decidía quién merecía continuar formando parte de la vida cultural y quién debía ser condenado al ostracismo o a la muerte.
La paradoja resulta evidente: de esa derecha todopoderosa que ciertos intelectuales describen como dueña absoluta de Colombia jamás recibí una amenaza semejante. Nunca un dirigente conservador o liberal organizó reuniones para decidir si debía desaparecer del teatro. Nunca un gobierno identificado con la derecha canceló mi trabajo por razones ideológicas.
Quien sí lo hizo fue un funcionario de la cultura oficial. En 2014 Mauricio Osorio, entonces director del Teatro Santo Domingo, canceló una temporada completa de Crimen e Impunidad y negó el presupuesto necesario para llevar a escena Los Lagartos. No hubo discusión estética, ni crítica pública, ni debate intelectual. Bastó una decisión administrativa y la carta de un abogado de la Alcaldía de Gustavo Petro ante mis protestas. Quien controla las instituciones culturales rara vez necesita prohibir; le basta con cerrar las puertas y esperar que el silencio haga el resto.
Ese episodio pasó a formar parte de un fenómeno que conocí repetidas veces: la tendencia a convertir el desacuerdo en motivo de exclusión. Se podía criticar al gobierno de Uribe; se podía criticar al de Duque; yo mismo lo hice públicamente. Las consecuencias personales de mis opiniones nunca llegaron con violencia desde esos sectores. Uribe, incluso, sostuvo una larga discusión conmigo en mi cuenta de Twitter, luego de que le señalara que conciliando con la izquierda lograría más que ofendiéndola. Uribe me siguió, pero tuve que cerrar la cuenta años después, luego de que fuera hackeada por el estudiante de una docente de sociología de la Universidad Nacional, quien juró vengarse cuando la refuté en un trino. Las ofensas y los ataques siempre llegaron de la orilla opuesta.
Por eso este libro dedica más páginas a la izquierda militante colombiana; sería intelectualmente deshonesto ocultar que todos los grandes episodios de persecución que marcaron mi vida tuvieron un mismo origen. Mi independencia quedó demostrada mucho antes de que Gustavo Petro llegara a la Presidencia. Tuve amistades de izquierda, pero una a una se fueron alejando de mi vida por el mero hecho de que siempre denuncié las taimadas intenciones de su presidente; quienes con mayor frecuencia proclamaban la tolerancia eran también quienes menos dispuestos estaban a practicarla cuando la crítica recaía sobre ellos.
Mis circunstancias históricas, para emplear el lenguaje marxista, no me permiten situarme a igual distancia de todos los bandos. Pero esas mismas circunstancias preservan mi honor intelectual: el de haber articulado mi crítica contra sus repetidos desfalcos y exabruptos; el de no dejarme intimidar por un monstruo que suscitaba amenazas, e incluso la muerte, contra todo aquel que los criticara, como padeció Miguel Uribe Turbay.
Esta nota explica mi negativa a cualquier exigencia artificial de simetría. Lo de un librepensador católico jamás es un ajuste de cuentas con alguien; lo mío es reconocerme amigo de Sócrates, pero más aún de la verdad, aun a costa de mi comodidad y de la prudencia de quienes callan.
A decir verdad, los gobiernos de derecha soportaron mis críticas sin enviarme intrigas ni asesinos; los de izquierda intentaron destruir mi vida intelectual en nombre de la libertad, la inclusión y la justicia social, tal y como —¡oh, subconsciente freudiano!— lo anunciaron ellos mismos con su lema:
"Libertad o muerte".
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